Play me

16 Ene

De la mirada tímida de los ojos perfectos, brotó la manida promesa del nunca te defraudaré.

Y esta vez era cierto pues ella, sabiéndose incrédula, pensó que aquellas manos no mentían: no puede ser defraudada quien nada espera, quien nada pide.

Así, sobre cimientos inexistentes, con las almas enfermas de pasión, construyeron otro mundo: el de las palabras precisas y las melodías perfectas.

 

 

 

 

Miedo a las alturas

11 Mar

A las personas que hablan con los ojos.

“Algunos todavía dudan

si vas a volver”

PEREZA

 

Era un tiempo lluvioso. Una génesis primaveral que revoluciona mentes racionales.

Ella tenía una relación dañina con aquel mes: siempre se despedía en abril.

Quizá fue aquella foto en blanco y negro que le confirmó su capacidad para amar, o aquella planta que resistía las embestidas de una mujer testaruda, o aquellos carnavales gaditanos que aún dejan heridas que sangran a borbotones.

Sin embargo, esta vez frente a frente, nada vibró.

Así, en el epílogo de un invierno lento, en un segundo, se hizo abril.

Y ella voló.

Ficciones

27 Feb

A Ana Centeno, confesora de la reina y fumadora.

“Sabes mejor que yo que hasta los huesos

sólo calan los besos que no has dado”.

JOAQUÍN SABINA

 

Aquella cama la hizo vulnerable. Había fumado, había bebido y, seguramente, se había entregado.

Y fue el miedo quien la vistió. Y las palabras no dichas flotaron en una ciudad que amanecía.

Fluidez

12 Feb

“No sé bien qué día es hoy,
sólo sé que te vi salir
y en cinco minutos perdí
las letras para hablarte a vos.”

LOS FABULOSOS CADILLACS.

 

Se sentaron frente a frente tiempo después. Fue en una capital del sur.
Sus profundos ojos negros le preguntaron por qué.
Y ella se supo agua, escurriéndose entre los dedos de aquellas manos que tanto la habían tocado.

Ars Moriendi

28 Nov

“Yo sólo busco

que me tiemblen las piernas,

que seas de esas

que nadie recomienda”

PEREZA

Había coqueteado con la idea varios meses antes. Qué sentiría, cómo sería la caída, el vacío, el placer del olvido. La nada.

Aquel pensamiento se había apoderado de su mente, día a día, hora tras hora.

Pero no era valiente. Sabía que llegado el momento, no tendría agallas.

Nunca las había tenido.

Aprender a estar sola en aquella cama se le antojaba imposible. En las noches en las que las pastillas le permitían dormir profundamente,  abrazaba su sombra pensando que se levantaría con un beso.

El amor verdadero besa en la frente.

 

Encendió su cigarro. Maldijo el tabaco y la vida.

-Lo mejor será que te vayas- exhortó ella.

Y las palabras eran humo.

Aquel hombre que yacía junto a ella era abogado. O médico. O ingeniero. O tenía un negocio. O eso ya no le importaba.

-Vístete y vete. Tu mujer estará preocupada. Está lloviendo demasiado.

Y hablaba la nicotina. Y las copas de más. Y los besos de menos.

Escuchó el agua de la ducha, el agua de la lluvia golpeando la ventana. Escuchó la puerta, el ascensor. Y, finalmente,  escuchó la nada. El vacío.

En aquel silencio que destrozaba tímpanos, retomó el pensamiento de terminar con todo.

Y tras cada pastilla, su cara era más nítida, sus abrazos más confortables y sus besos…en la frente.

Madrugadas sin ir a dormir

22 Nov

“Mas nunca sabré cómo pasas las horas

cuando yo no estoy,

si te acuerdas de mí

y cuánto te consumes por volverme a ver”

COMPARSA LOS PARIAS

Él aprendió a mirarla después de aquella pregunta.

-¿Esto que suena es Silvio?

Y no hubo revolución más maravillosa que desnudarse ante los prejuicios de ambos.

Orquídeas que olían a café.

20 Nov

“Hay heridas
que sólo cierran
en falso,
ríos caudalosos que
en silencio fluyen
bajo la tierra y
a veces
nos desbordan la vida,
a borbotones”.

BERTA PIÑÁN

Él había vivido en Londres. Ella era tan delgada y delicada como las flores que brotaban de aquella planta.

Él me enseñó a beber café y ella fue un refugio en el exilio.

La conocí buscando mi piso. Había llegado dos días antes y ya había recorrido tanto los antros donde no quería vivir, como los carísimos pisos que no podía permitirme.

Fue la calma en los días que sabían a principio y a nervios.

Y me instalé.

Ella venía a menudo. Saboreaba el café que Él me había regalado.

-Mi marido va a dejarme- balbuceó entre el Ristretto.

Me asusté el día que a mí llegó aquella planta.

-Un ser vivo en mi casa- pensé.

-Sé lo mucho que te gustan las orquídeas- me escribió en un mensaje.

Él había sido la vida, la sonrisa, el compañero. La locura. Sabía a tabaco,  a güisqui y a café.

Ella se sentaba frente a la planta, apretaba con fuerza la taza de café recién hecho entre sus esqueléticas manos y tarareaba Volver.

-Quizá deba regresar a Argentina. Mis viejos ya son mayores y el sueño español se desvanece.

Cuánto lloramos juntos. Él y yo. Ella y yo.

Pasaron los meses, hubo olvidos, nuevas vidas, otras sonrisas, distancia, y más café.

En el momento de irme, en nuestro último encuentro, le dije:

-Se ha muerto la planta, mira cómo está. Sin flores, seca.

Yo me había colgado la medalla de “mataplantas” muchos meses antes pero aquellas orquídeas eran más testarudas que yo.

-Volverá a florecer.

Se la regalé. Porque sólo una optimista espera paciente a que broten las flores mientras su vida se derrumba.

Hoy me ha llamado. Ha vuelto con su marido, espera un bebé y aquella frágil planta luce repleta de orquídeas blancas.

De Él, nunca me despedí.